La Batalla por la exhibición de Cine Mexicano en Morelos

Por Francesco Taboada Tabone*

Este artículo se publicó en el editorial de El Sol de Cuernavaca el miércoles 22 de agosto de 2012

Desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio firmado con Estados Unidos y Canadá, la exhibición de cine mexicano y latinoamericano se vino abajo en nuestro país. Comenzó la era de un cine construido de forma artesanal que se enfrenta organizado en movimientos de franca rebeldía al sistema establecido. Lejos de concebir al cine como una industria cultural donde los valores mexicanos del multilingüismo y el pluralismo cultural deben ser promovidos, la exhibición en México se ha transformado en una ventana de adoctrinamiento de la cultura estadounidense donde la práctica del consumo y su difusión es el objetivo principal.
Recordemos, por voces de nuestros padres y abuelos, la dinámica cultural que la exhibición ofrecía a las audiencias del continente. En Sudamérica los charros cantores eran venerados como miembros de un panteón cultural compartido. Aquí, figuras de la talla de Libertad Lamarque o el Che Reyes propiciaban un acercamiento con la otra potencia cinematográfica, Argentina. El cine mexicano también sirvió para catapultar expresiones musicales que le dieron la vuelta al mundo y que venían del Caribe; aquí se hizo famoso el mambo de Pérez Prado, Ninón Sevilla y Amalia Hernández difundieron el llamado cine de rumberas que estrechó lazos con Cuba y nuestra propia cultura afromestiza, hoy por cierto negada en el cine nacional. El mismo Germán Valdés Tin Tan sirvió de puente con la cultura chicana y también fue un promotor del legado afromestizo de nuestro continente. El cine sirvió como elemento de re-conocimiento entre los pueblos de América. Desde principios de los años ochenta comenzó una apropiación de los espacios de difusión de cine hegemónico estadounidense que poco a poco fue llevando al espectador a una apreciación muy limitada del arte cinematográfico. La estocada final la dio Salinas de Gortari al incluir a la industria cinematográfica en el Tratado de Libre Comercio.

Yo comencé a rodar mis primeras películas en un ambiente hostil que veía con recelo la producción mexicana y sobre todo documental. Este género estaba en los medios sólo como un elemento para rellenar horarios matutinos de los canales de televisión gubernamentales y los temas eran casi siempre sobre el comportamiento de las especies animales. Encontrar cine documental mexicano de Nicolás Echeverría o producido por el Instituto Nacional Indigenista era imposible. Casi a escondidas logré filmar Los Últimos Zapatistas. En 1999, cuando el largometraje estaba ya terminado acudí a distintas instancias para conseguir proyectarlo. En el Cine Morelos de plano me dijeron que no. En el Museo Cuauhnáhuac me pidieron una copia para visionarla y darle el “visto bueno”. Tuve que esperar a que el candidato de oposición en el estado obtuviera el triunfo en las elecciones deshaciéndose en ese momento del PRI, para que me dieran el permiso de estrenar mi obra. Fue el Palacio de Cortés el que finalmente lo permitió, aunque no se nos autorizó ofrecer “pulque de honor”, en áquel momento se nos dijo que sólo vino. A la presentación asistieron el gabinete del gobernador electo y los veteranos zapatistas, además de varios luchadores sociales del estado. El éxito fue sorprendente, aún así nunca conseguí que Los Últimos Zapatistas se exhibiera comercialmente en mi país. La oportunidad llegó cuando el presidente de Venezuela Hugo Chávez vio la película y me invitó a Caracas para hacerme él mismo una entrevista en su popular programa Aló Presidente. Los Últimos Zapatistas fue exhibida en Venezuela en la red de exhibición cinematográfica montada por el propio gobierno y exhibida continentalmente a través de la cadena Telesur.

En nuestro país el propio gobierno ha sido el causante de desamparar la exhibición de cine mexicano. Los monopolios de la exhibición inclusive se han burlado de las leyes aprobadas por el Congreso como sucedió con el “peso en taquilla”. Las salas de exhibición están repletas de películas estadounidenses que nos han privado de relacionarnos con el cine latinoamericano, europeo, asiático, africano, con el cine documental, de autor e indígena. Los espacios para difundir el cine que hacemos de forma guerrillera se han ganado en batallas intelectuales y burpocráticas. Los documentalistas en los últimos doce años hemos logrado abrir espacios distintos. Yo mismo llevaba Los Últimos Zapatistas y mis otras películas a los pueblos de Morelos proyectándolas en las paredes de las iglesias, en sábanas espontaneas en las calles parcialmente cerradas, en pantallas de lona con propaganda electoral al reverso, en escuelas normales y rurales. En esta forma hemos logrado conformar nuevos públicos con sindicatos, pueblos indígenas, movimientos sociales. Este trabajo ha seguido su curso y en Morelos los resultados son esperanzadores. Está el Colectivo Movimiento que refuerza el sentido de identidad en comunidades marginales y especialmente en el mercado Adolfo López Mateos; el Cine Kiubs con sus sedes en el parque Acapatzingo, en el centro cultural Sieteyocho y en sus sedes internacionales en Barcelona y Budapest; la Carreta Cine Móvil impulsada por el Cine Morelos que lleva películas a los municipios; otros cineclubes como el de La Morada, La Maga, la Casa de la Ciencia y el Palacio de Cortés. Destaca la organización del gremio en el estado que promueve la Asociación de Cineastas de Morelos; los festivales Cinema Planeta y el Festival de la Memoria que se lleva a cabo precisamente esta semana en distintos sitios del centro de Cuernavaca. Vale la pena destacar que este último festival promueve la relación recíproca entre el cine documental latinoamericano y que por su convicción y compromiso social ha debido enfrentarse a la ignominia gubernamental cuya estrechez no valora el esfuerzo para contribuir a una sociedad multicultural. En esta edición el festival de la Memoria rinde homenaje a Nicolás Echeverría, uno de los grandes guerrilleros del cine documental mexicano.
La hegemonía propagada por los exhibidores y apoyada por el gobierno ha provocado que los cineastas nos organicemos y defendamos nuestro patrimonio como se está haciendo con el Cine Morelos que se encontraba en peligro de transformarse en un espacio no dedicado al cine y que recibió veinte millones de pesos para una remodelación deficiente que pone en un serio problema a la Secretaría de obras públicas encargada de realizar la remodelación.
Para concluir el ejemplo de Sudamérica es claro. En Brasil, la ley establece una cuota generosa para la exhibición del cine nacional. En Venezuela, el gobierno chavista ha creado una cadena de exhibición de cine documental, latinoamericano e indígena. En México la exhibición sigue en manos de un puñado de empresarios que sólo atienden el llamado de las distribuidoras estadounidenses y que siguen marginando la difusión del cine nacional.

El Festival de la memoria se lleva a cabo del 17 al 26 de agosto en Cuernavaca. La Mesa redonda sobre la obra de Nicolás Echeverría es el Miércoles 22 de agosto, 12h en el antiguo cuartel de Zapata-Hotel Moctezuma, calle Matamoros No. 20, col. Centro. Participan:
Ricardo Pérez-Montfort,
Antonio Zirión
y Francesco Taboada.

*Francesco Taboada, cineasta morelense autor de los largometrajes documentales Los Últimos Zapatistas, 13 Pueblos en defensa del agua, el aire y la tierra y Tin Tan. www.francescotaboada.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.